No tema equivocarse

Imagine que en un momento dado invierte 5.000 euros a partes iguales en cinco acciones diferentes, con tan mala suerte que cuatro de las acciones no paran de caer. Sin embargo, una de las acciones sube un 15% anual. Un índice de aciertos de solo el 20%. ¿Cree que habrá sido un mal inversor?

Suponga que las cuatro acciones estrelladas pierden un 10% anual. Entonces uno puede pensar: si con cuatro acciones pierdo un 10% cada año y con una gano un 15% anual, la rentabilidad media será de -40% + 15% dividido entre cinco acciones. O sea, una pérdida del 5% anual. Sin embargo, este cálculo no es correcto porque no tiene en cuenta la rentabilidad compuesta y que los activos más rentables cada vez tienen más peso en la cartera. La rentabilidad media dependerá del plazo de tiempo considerado.

Veamos qué tendría al cabo de cinco años. En cada una de las cuatro acciones estrelladas, habría tenido una pérdida acumulada del 41% pero los 1.000 euros invertidos en la acción acertada se habrían convertido en 2.000 euros. En total tendría 4.373 euros. La rentabilidad media de la inversión original habría sido negativa en un 2,64% anual.

Ahora veamos que ocurre en un plazo de 20 años. Los 1.000 euros invertidos en cada una de las acciones equivocadas solo valdrán 122 euros. Así, de los 4.000 euros colocados en esas cuatro acciones solo le quedarán 480 euros. Hay que tener en cuenta que la pérdida NO se calcula así: -10% anual x 20 años. Eso daría una pérdida del 200%, lo cual es imposible porque lo máximo que se puede perder es el 100% de lo invertido. Una pérdida anual del 10% da como resultado una pérdida acumulada del 88% al cabo de 20 años. La cuestión es que a medida que pasa el tiempo la pérdida del 10% se aplica a un capital cada vez menor.

Al final de los 20 años lo que tendría sería lo siguiente: 121,6 euros por cada una de las cuatro acciones que hubieran perdido un 10% anual pero 16.366 euros por la que hubiera dado una rentabilidad del 15% anual. Así, los cinco mil euros iniciales se habrían convertido en 16.852 euros, lo cual supone una rentabilidad media del 6,26% anual, que no está tan mal. El caso es que el activo más rentable ocupa cada vez más “espacio” en la cartera, o sea pondera más, y compensa el mal comportamiento de los otros.

Incluso si lo perdiera todo en las cuatro acciones equivocadas, la rentabilidad media sería del 6,11% anual. Puestos a perder, ya poco importa si se pierde mucho o todo. Siempre, claro está, que una parte de la cartera haya estado bien invertida. En este ejemplo, solo la quinta parte de la cartera hubiera estado colocada en un activo rentable. Lo normal es que el índice de aciertos sea más elevado. Si uno decide al azar, puede esperar acertar la mitad de las veces. Tal vez no dará con una “joya” que le dé un resultado del 15% anual pero sí con un algunas acciones que le den un 10% anual.

Imagine, por ejemplo, que invierte 10.000 euros en diez acciones diferentes. En cinco de ellas, lo pierde absolutamente todo pero en las otras cinco gana un 10% anual. Al cabo de 20 años tendrá 33.637 euros, lo que implica una rentabilidad media del 6,25% anual. Un resultado muy similar al que obtendría con un solo acierto del 15% anual entre cinco acciones.

Cuanto mayor es el plazo de tiempo, más se acerca la rentabilidad global del capital a la del activo más rentable. En el primer caso (cuatro acciones en las que se pierde todo y una que gana el 15% anual), si el plazo es de 40 años, la rentabilidad media del capital invertido sería del 10,46%. Mil euros al 15% anual durante 40 años se convierten en cerca de 268.000 euros, lo que convierte en irrelevante la pérdida de los cuatro mil euros restantes.

En el segundo caso (cinco acciones en las que se pierde todo y otras cinco en las que se gana el 10% anual), se perdería todo con la mitad de lo invertido pero la otra mitad se habría convertido en unos 226.000 euros, siendo la rentabilidad media del 8,11% anual. En este caso, el índice de aciertos hubiera sido del 50%, muy superior al del caso anterior, que era de solo uno entre cinco posibilidades. Aún así, la rentabilidad media de todo el período hubiera sido menor que perdiéndolo todo con el 80% del capital pero obteniendo un gran acierto con el 20% del capital restante.

En resumen, cuanto más pasa el tiempo, menos importancia tienen los errores y mayor importancia los grandes aciertos.

Rentabilidad de las estrategias por trimestres en 2013

Este año, todas las carteras han batido la rentabilidad con dividendos del IBEX-35 pero no todas lo han hecho respecto a la media de las empresas del índice (es decir, sin entidades financieras). Las mejores han sido la Contrapunto y la Valor Al Alza, con una ganancia anual de más del 40%.

El cuadro siguiente recoge la evolución trimestre a trimestre de las nueve carteras así como de las referencias del mercado.

Larga vida al nuevo ciclo alcista

Del estudio de los ciclos de la bolsa española desde abril de 1947 hasta la actualidad podemos extraer la siguiente regla general: cuando el índice cae un 15% desde su anterior máximo, la caída prosigue hasta superar el 30%.

Si definimos un ciclo bajista como aquel en el que el Índice General de la Bolsa de Madrid baja al menos un 15% desde su anterior máximo, y un ciclo alcista como aquel en que dicho índice sube al menos un 20% desde su mínimo más reciente, hallamos 18 ciclos bajistas y otros tantos ciclos alcistas desde abril de 1947.

Lo primero que se observa, como avanzaba al principio, es que rara vez la caída se detiene en un 15 o 20%. Sólo en dos ocasiones ocurrió esto. La pimera tuvo lugar entre marzo de 1970 y enero de 1971, cuando la bolsa limitó su caída a un 21%. La segunda, en octubre de 2007, mes en que el índice general perdió un 17% entre los valores de cierre de los días 1 y 28 de aquel mes. Sin embargo, hay que tener en cuenta que en la apertura del día 28 de octubre, el IBEX cayó cerca de un 15% y acumulaba una pérdida del 26% desde el máximo alcanzado al principio del mes. De hecho, el valor del 28 de octubre está distorsionado por una circunstancia excepcional: la Bolsa retrasó el horario de cierre de las operaciones ante la avalancha de órdenes de compra que se produjo en los últimos compases de la sesión, provocada por la sólida recuperación de Wall Street.

Los 18 ciclos bajistas que ha habido en las últimas seis décadas se han saldado con una caída media del índice del 37%. En diez de ellos, la caída fue del orden del 30-38%, en cinco, de alrededor del 50%, y en sólo tres fue de entre el 17% y el 26%.

De acuerdo con la definición anterior, el 33,2% del tiempo, la bolsa española estuvo en un ciclo bajista y el 66,8%, en un ciclo alcista.

Algunos de estos ciclos no son en realidad ciclos bajistas sino desplomes en medio de un ciclo alcista, en particular los de 1987, 1997 y 1998, que duraron entre 1 y 3 meses. Si definimos los ciclos bajistas como aquellas caídas superiores al 25% y que tuvieron lugar a lo largo de varios meses e integramos ese tipo de desplomes dentro de los ciclos alcistas, encontramos nueve ciclos bajistas y nueve alcistas desde abril de 1947. Con esta nueva definición, el tiempo en el que la bolsa española fue bajista fue el 33,8% del total y el tiempo en que fue alcista fue el 66,2% del total.

Sin embargo, en muchas ocasiones el ciclo alcista subsiguiente no permitió recuperar todas las pérdidas ocasionadas por el ciclo bajista anterior. Propongo, por tanto, definir los ciclos alcistas como aquellos que permiten compensar o superar la pérdida previa. Desde este punto de vista, obtenemos  seis grandes ciclos bajistas y cinco grandes ciclos alcistas en el período que va de abril de 1947 a julio de 2012.

Cuatro de estos seis grandes ciclos bajistas duraron entre 2 y 3 años. Uno de ellos duró nada menos que casi nueve años: el que empezó en abril de 1974 y concluyó en diciembre de 1982. El más reciente de ellos, el que se inició en noviembre de 2007 y que llegó a su fin en julio de 2012, duró casi cinco años.

Todos estos grandes ciclos alcistas se saldaron con una minusvalía de entre el 45% y el 70%, siendo el de 2007-2012 uno de los peores, con una caída del índice del 65%. Aunque si tenemos en cuenta los dividendos, las pérdidas efectivas fueron menores.

En cuanto a los cinco grandes ciclos alcistas, tres de ellos duraron alrededor de 7 años. Uno de ellos fue excepcionalmente extenso, casi 15 años, de septiembre de 1959 hasta abril de 1974, pero al mismo le siguió un ciclo bajista que también fue excepcionalmente largo, que es el que he comentado hace un momento. El ciclo alcista que empezó en marzo de 2003 y acabó en septiembre de 2007, fue el más breve de los grandes ciclos alcistas, con una duración de menos de cinco años.

El 35,1% del tiempo, la bolsa española estuvo inmersa dentro de un gran ciclo bajista y el 64,9% dentro de un gran ciclo alcista, porcentajes bastante similares a los obtenidos en los ciclos cortos y medios.

Y ahora, ¿en qué situación estamos?  En julio de 2012 concluyó una tendencia bajista que fue igual de larga que la alcista precedente (2003-2007): ambas duraron 57 meses. Esto representa una anomalía, ya que los ciclos bajistas acostumbran a ser más breves que los alcistas. Entre marzo de 2009 y enero de 2010, la bolsa española subió un 77% pero esta alza no permitió recuperar las pérdidas acumuladas y dio paso a una caída aún más profunda que la anterior. Sin embargo, desde julio de 2012 parece haberse iniciado el que puede ser el sexto gran ciclo alcista de la bolsa española desde 1947. Confío en que sea así y que la ley de la compensación nos proporcione un ciclo especialmente largo, aunque tendremos que recordar que todos los ciclos alcistas tienen sus desplomes. Todos…menos el de 2003-2007, que no tuvo ninguno mientras duró. ¿Será que los ciclos alcistas sin desplomes están condenados a ser breves?

La relación precio-beneficio

Qué es la relación precio-beneficio

La relación precio-beneficio es el ratio bursátil más conocido y utilizado. Suele conocerse por las siglas PER, del inglés Price-Earnings Ratio. Es el resultado de dividir el precio por el beneficio por acción.

Podemos encontrar el beneficio por acción anual en las dos últimas líneas de la cuenta de resultados consolidada anual (o «cuenta de pérdidas y ganancias consolidada») que las sociedades cotizadas deben remitir a la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV). Este documento lo podemos encontrar en la página web de la entidad y en la de la CNMV.

Si usted compra una acción de una sociedad por 20 euros y el beneficio por acción de esa sociedad es de 2 euros, su acción le convierte en propietario de 2 euros de los beneficios de la empresa. Eso no significa que la sociedad vaya a pagarle 2 euros por cada acción. Usted acepta que la entidad le pague una parte, por ejemplo la mitad, en forma de dividendos y que reinvierta la otra parte para poder incrementar beneficios, y por tanto los dividendos, en el futuro.

Cuando tenemos el beneficio por acción, calcular el PER es muy sencillo. Basta dividir el precio de la acción por esa magnitud.

El PER nos da una idea de si la acción está cara o barata. A diferencia de los bienes corrientes, el precio de una acción no nos dice nada. Unas acciones a 100 euros pueden estar más baratas que otras a 2 euros. En bolsa, el precio es relativo y esa relatividad nos la da el PER. Si las acciones de 100 euros tienen un beneficio por acción de 10 euros, su PER será de 10 veces. Si las acciones de 2 euros tienen un beneficio por acción de 0,1 euros, su PER será de 20 veces. Esto significa que las que valen 2 euros son el doble de caras que las que valen 100 euros porque al comprar las de 2 euros, uno está pagando 20 veces el beneficio que corresponde a cada acción mientras que si uno compra las de 100 euros sólo paga 10 veces por el mismo concepto.

¿Es el PER un buen criterio de selección?

Para poner a prueba este criterio, cada semestre acabado el 31 de marzo y el 30 de septiembre seleccioné los siete valores del IBEX-35 con un PER menor y calculé su rentabilidad en los siguientes seis meses. En los semestres acabados el 31 de marzo, tomé el beneficio por acción correspondiente al año anterior. En los semestres acadabdos el 30 de septiembre, el beneficio por acción acumulado desde el segundo semestre del año anterior hasta el primer semestre del año corriente.

Los resultados pueden verse en la columna 7 de la tabla siguiente.

Fecha inicial

Fecha final

IBEX-35

Media 35 valores

7 valores con

menor PER

100,0 €

100,0 €

100,0 €

31 mar-2006

30 sep-2006

11,2%

111,2 €

9,2%

109,2 €

18,6%

118,6 €

30 sep-2006

31 mar-2007

14,7%

127,5 €

19,0%

129,9 €

22,1%

144,8 €

31 mar-2007

30 sep-2007

1,3%

129,2 €

-6,4%

121,6 €

-2,6%

141,0 €

30 sep-2007

31 mar-2008

-7,7%

119,3 €

-10,7%

108,7 €

-9,0%

128,3 €

31 mar-2008

30 sep-2008

-15,1%

101,3 €

-19,2%

87,7 €

-22,2%

99,8 €

30 sep-2008

31 mar-2009

-26,8%

74,1 €

-26,1%

64,9 €

-23,1%

76,8 €

31 mar-2009

30 sep-2009

55,5%

115,2 €

60,3%

104,0 €

95,9%

150,5 €

30 sep-2009

31 mar-2010

-5,6%

108,8 €

-3,5%

100,4 €

-5,5%

142,2 €

31 mar-2010

30 sep-2010

-0,2%

108,6 €

-7,5%

92,9 €

-10,8%

126,9 €

30 sep-2010

31 mar-2011

3,2%

112,0 €

13,3%

105,2 €

32,6%

168,3 €

31 mar-2011

30 sep-2011

-16,4%

93,7 €

-20,5%

83,6 €

-15,7%

141,9 €

30 sep-2011

31 mar-2012

-3,4%

90,5 €

-1,1%

82,7 €

-0,8%

140,8 €

Como puede observarse, cada 100 euros invertidos siguiendo este criterio de selección se hubieran convertido en 140,8 euros seis años después, significativamente más que los 82,7 euros de una cartera con los 35 valores del índice (media de referencia) o los 90,5 euros de una cartera con la misma composición y ponderaciones del IBEX-35.

En términos anuales, una cartera que al principio de cada semestre contara con los 7 valores con menor PER del índice hubiera generado una rentabilidad media del 5,86% anual frente a una pérdida del 3,11% anual de una cartera con los 35 valores y una pérdida del 1,66% anual del IBEX. Esto supone una ventaja de casi el 9% anual respecto a la media de referencia.

Hay que destacar, además, que en nueve de los doce semestres la estrategia fue más rentable que la media de referencia.

Podemos concluir, por tanto, que utilizar la relación precio-beneficio como criterio de selección produce resultados notables y que permite a un inversor sin demasiados recursos tener una cartera con pocos valores de la que se puede esperar una rentabilidad superior a la del índice de referencia.

La selección de valores en base a este criterio hubiera escandalizado a cualquier experto

El 30 de septiembre de 2007, de los siete valores seleccionados cuatro pertenecían al sector de la construcción y dos eran bancos. Una maravilla de cartera para afrontar el inicio de la doble crisis: la de la construcción y la financiera.

El 31 de marzo de 2008, un ferviente defensor de esta estrategia se hubiera empeñado en mantener tres constructoras y un banco en su cartera. No hubiera descartado una constructora y un banco debido a sus temores por lo que se estaba viniendo encima sino a que dichos valores habían descendido puestos en la clasificación del PER.

El 30 de septiembre de 2008, en plena tormenta financiera, hubiera liquidado totas las constructoras y el banco que tenia en cartera en el semestre precedente, no por la que estaba cayendo sino porque se habian vuelto a encarecer en términos relativos por PER.

El 31 de marzo de 2009, poco después de que la crisis financiera alcanzar su punto culminante, hubiera elegido cuatro entidades financieras (Mapfre incluida). Una cartera muy bien diversificada para los tiempos que corrían…

El 31 de marzo de 2010, en la segunda embestida de la doble crisis, hubiera seleccionado tres constructoras y tres entidades financieras, seis valores (sobre un total de siete) expuestos a los sectores más delicados.

A pesar de todo, hubiera obtenido nueve puntos anuales de ventaja sobre el mercado. Algo que casi ningún gestor profesional pudo conseguir, lo que demuestra que un pequeño capital gestionado por un inversor sin prejuicios puede obtener mejores resultados que un gran capital administrado con las teorías más sofisticadas.

Otras estrategias a examen:

El rendimiento por dividendo

La relación entre el precio y el valor contable

Los «perros» de la bolsa

La rentabilidad sobre recursos propios

La relación precio-beneficio

Por qué no es buena idea comprar bonos

Se utiliza la palabra genérica bonos para referirse a títulos que dan un interés fijo y que tienen un vencimiento superior a los dos años. Cuando compro un bono del Estado a 5 años, le estoy prestando mi dinero al gobierno a cambio de un interés fijo anual y del derecho a recuperar mi inversión incial al cabo de ese período. Actualmente hay en el mercado bonos con vencimientos de entre 2 y 30 años. Los títulos a interés fijo con vencimientos inferiores suelen llamarse letras o pagarés. También las empresas emiten bonos, normalmente con vencimientos no mayores a 10 años.

Imaginemos un inversor que dispone de 10.000 euros para invertir. En el mes de enero de 2012 decide comprar bonos del Estado con un interés del 4%. Supondremos que la inflación es también del 4%.

Tal vez haya supuesto que si el interés es del 4% y la inflación también es del 4%, el interés real será igual a cero. En tal caso, ¿es correcta su suposición?

Para contestar esta pregunta, lo mejor puede ser comparar la renta que recibe nuestro inversor con un gasto que puede efectuar gracias a dicha renta. Supondremos que en enero de 2012 tiene que afrontar un gasto de 400 euros. Espera poder cubrir ese gasto en enero de 2013 con los intereses que reciba del bono. Sin embargo, como la  inflación es del 4%, ese gasto de 400 euros se ha convertido en uno de 416 euros: tiene un déficit de 16 euros. Sin embargo, él recibe unos intereses de 400 euros, puesto que le pagan un interés del 4% sobre una inversión de 10.000 euros. Así que esos 400 euros que recibe al cabo de un año ya no valen lo mismo que valían un año antes, puesto que no le permiten cubrir un gasto que suponía un desembolso de 400 euros en enero de 2012 pero que un año más tarde le implica un desembolso de 416 euros.

Expresamos esta pérdida de valor del dinero dividiendo los 400 euros por la unidad más la inflación: 400 / 1,04, que da 384,6 euros. En otras palabras, actualizamos la renta futura teniendo en cuenta el valor del dinero en el  momento de realizar la inversión. Expresado de esta manera, el déficit es de 15,4 euros (400-384,6).

Antes he dicho que el déficit era de 16 euros. Esta se diferencia se debe a que los 16 euros de 2013 tienen,, a su vez, un valor actual en euros de 2012 de 16/1,04, que es 15,4 euros.

Entonces, podemos decir que el interés real no es del 4% sino del 3,846%. Usted había supuesto que el interés real era igual a cero. ¿Estaba usted equivocado? Espere un momento.

Veamos lo que ocurre en enero de 2014. Nuestro inversor recibe, al igual que el año anterior, 400 euros. Pero el gasto que en enero de 2012 era de 400 euros y en enero de 2013 de 416 euros, ahora es de 432,64 euros (400 x 1,04 x 1,04). Esta circunstancia la expresamos diciendo que los 400 euros recibidos en enero de 2014 tienen un valor actual de 400 dividido por (1,04)x(1,04), que da 369,82 (siendo el déficit de 369,82 – 400 =30,18 euros). Así que el interés real en 2014 resultaría ser del 3,698%.

Siguiendo de esta manera, vemos cómo el «título de renta fija» es, en realidad, un título de renta real decreciente, porque cada ingreso genera un déficit cada vez mayor respecto a los gastos, ya que la renta no aumenta y los gastos sí. En otras palabras, el poder adquisitivo de la renta es cada vez menor.

Recuerde que el primer año tiene un déficit de 15,4 euros, el segundo de 30,2 euros. Si sumamos el déficit que acumula en 5 años porque sus intereses no cubren sus gastos, la suma total es de 219,27 euros. Sin embargo, recibe 5 veces unos intereses de 400 euros, o sea 2.000 euros en total. ¿Significa eso que en realidad gana 1780,73 euros?

Todavía nos falta una cosa. ¿Qué ocurre cuando a nuestro inversor le devuelven, al cabo de 5 años, los 10.000 euros que ha invertido? Lo mismo que a los intereses: se habrán depreciado con la inflación acumulada en este tiempo. Como la inflación ha sido del 4% anual, en 5 años la inflación acumulada habrá sido del 21,66% (1,04 elevado a 5 y luego le restamos la unidad). Entonces el valor en euros de 2012 de 10.000 euros recibidos en 2017 es de 8.219,27 euros (10.000 dividido por 1,21665). Es decir, recibe un dinero que se ha depreciado en 1.780,73 euros.

Nuestro inversor ha estado recibiendo intereses fijos de 400 euros que cada vez tenían un poder adquisitivo menor, pero al menos pensaba que estaba obteniendo un rendimiento real positivo, aunque este fuera decreciente. Sin embargo, ahora se da cuenta que tiene que descontar la pérdida que le reporta el hecho de que le devuelvan un dinero depreciado.

En total, habrá recibido 2.000 euros en intereses. Pero habrá perdido 219,27 euros por la depreciación de valor de los intereses. Y también  habrá perdido 1.780,73 euros por la depreciación de valor del dinero invertido. Ambas cantidades suman exactamente 2.000 euros. En definitiva, la mayor parte, con diferencia, de su pérdida viene originada por la pérdida de poder adquisitivo de la cantidad invertida. Esta hábil jugada es uno de los grandes inventos de los gobiernos.

Así, pues, su suposición era correcta. Tal vez sólo le faltaba ser consciente de dónde procedía la mayor parte de la pérdida.

No he mencionado el hecho de que nuestro pobre inversor habrá tenido que pagar impuestos por los intereses recibidos, en definitiva por no haber ganado nada…

Hay una manera de evitar que el interés que proporcionan los bonos vayan perdiendo poder adquisitivo a lo largo del tiempo: es reinvertir esos rendimientos a una tasa de interés no inferior a la de la inflación. Sin embargo, eso significa ¡que nunca podremos disponer de esa renta! ¿Podemos considerar renta un dinero del que no podemos disponer?

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La importancia de los dividendos

El mago y el inversor

El mago y el inversor

Un inversor conocía un mago que siempre acertaba. Así que un día le pidió una predicción acerca de alguna empresa que fuera a tener un crecimiento espectacular de sus ingresos. El mago le aseguró que la empresa X doblaría sus ingresos en los siguientes tres años. Cuando el mago hizo la predicción, X ingresaba 100 y sus costes eran de 60, de modo que sus beneficios eran de 40.

Al cabo de esos tres años, los ingresos de X se duplicaron, tal como había predicho el mago, pero los costes de la empresa se multiplicaron por 5 de forma que sus ingresos fueron de 300 y sus gastos de otros 300. Por tanto, el beneficio fue cero y las acciones de X se desplomaron.

Habiendo aprendido la lección, el inversor volvió a ver al mago y le pidió que le hablara de alguna empresa que fuera a doblar beneficios en poco tiempo. El mago le complació al decirle que la compañía Z alcanzaría esa proeza en sólo dos años. El inversor se apresuró en comprar las acciones de Z.

Habían transcurrido unos meses cuando Z compró otra compañía. En efecto, al cabo de dos años los beneficios de Z se habían duplicado porque incorporaban los beneficios de la nueva filial. Pero Z tuvo que hacer una macroampliación de capital para absorber la empresa adquirida y el número de sus acciones se multiplicó por 2,5, de forma que su beneficio por acción cayó un 20%. El mercado penalizó la pesada digestión de Z y el precio de las acciones se derrumbó.

El inversor tenía claro ahora que lo importante no era el volumen de ingresos ni el de beneficios sino el beneficio por acción ya que esto era lo que realmente le interesaba al accionista. Entonces le pidió al mago que le predijera qué empresa del mercado iba a tener el mayor crecimiento en su beneficio por acción. El mago le dijo que ABY destacaba sin duda por encima de todas las demás y le anticipó que doblaría su beneficio por acción en tres años.

El inversor compró tantas acciones de ABY como pudo a un precio de 200 euros. Nunca había realizado una apuesta tan decidida. En ese momento, el beneficio por acción de la empresa era de 5 euros.

En efecto, al cabo de tres años el beneficio por acción de ABY se multiplicó por dos, a 10 euros. Pero el precio cayó a 100 euros, un 50%. ¿Por qué? ¿Qué había pasado?

El inversor compró las acciones a 200 euros cuando el beneficio por acción era de 5 euros. Es decir, la proporción entre ambas variables era de 40. En otras palabras, había pagado 40 veces el beneficio por acción de ABY. En bolsa esta proporción se conoce con el nombre de relación precio-beneficio o PER (del inglés Price-Earnings Ratio). Pero en tres años las cosas pueden cambiar mucho y ABY dejó de ser una empresa de alto crecimiento para convertirse en una empresa de resultados sólidos per con un crecimiento más lento. El mercado dejó de valorar las expectativas futuras de ABY como lo había hecho años atrás y sólo estaba dispuesto a pagar 10 veces el beneficio por acción. Por eso, el precio fue de 100 euros.

El inversor llegó a la conclusión de que debía pedirle al mago que adivinara qué PER tendrían las acciones en el futuro. Pero también comprendió que ese dato no servía de nada si no sabía además el beneficio por acción de cada compañía. Cuando fue a ver al mago, este le avisó de que no podía predecir dos variables al mismo tiempo. Finalmente, el inversor, después de haber perdido casi todo su dinero en apuestas seguras, comprendió que nunca podría comprar un valor «con futuro».

La importancia de los dividendos

Muchos inversores creen que donde se gana de verdad es con las plusvalías y que los dividendos son una minucia en comparación. ¿Qué es un rendimiento del 4%, se preguntan, cuando es posible ganar un 30% comprando y vendiendo una acción?

Sin embargo, esta cuestión merece ser considerada cuidadosamente. En la tabla siguiente, vemos la media anual de la plusvalía, el rendimiento por dividendos y la rentabilidad de las bolsas de España y Estados Unidos en el período de 50 años que va de 1963 a 2012. En ambos casos, alrededor del 40% de la rentabilidad nominal fue debida a los dividendos.

Período 1963-2012

Plusvalía

Rendimiento por

dividendos

Rentabilidad

Bolsa España

6,55%

4,73%

11,28%

Bolsa EEUU

6,18%

3,64%

9,83%

Desde luego, los dividendos son más importantes en una fase bajista que una alcista. En la larga fase bajista de la bolsa estadounidense entre 1966 y 1981, la plusvalía media anual fue negativa pero gracias al rendimiento por dividendos fue posible una rentabilidad positiva, al menos si no tenemos en cuenta la inflación. En la larga fase alcista siguiente, los dividendos tuvieron un peso sensiblemente inferior en la rentabilidad global. Aún así, supusieron una nada desdeñable quinta parte de esta.

Bolsa EEUU

Plusvalía

Rendimiento por

dividendos

Rentabilidad

1966-1981

-0,64%

4,58%

3,94%

1982-1999

15,38%

3,70%

19,08%

Pero hay algo mucho más importante: la manera cómo la inflación afecta a las plusvalías y a los dividendos. La explicación intuitiva es que las plusvalías están referidas al momento inicial en que invertí mi dinero mientras que voy recibiendo dividendos a lo largo del tiempo y estos suelen crecer con la inflación e incluso por encima de la misma. Es decir, el paso del tiempo reduce el valor de los activos (o resta una parte de su incremento) mientras que no perjudica, y a menudo favorece, el valor del dinero que recibo como renta. En palabras más técnicas, podemos decir que el dinero que invierto es una variable stock (referida a un momento determinado del pasado) mientras que el dinero que percibo vía dividendos es una variable flujo.

Cuando tenemos en cuenta la inflación, el valor de los dividendos queda claramente realzado. Entre 1963 y 2012, la plusvalía real de las acciones españolas fue negativa porque la inflación superó al crecimiento de valor de las acciones. En cambio, a lo largo de ese período, las empresas fueron actualizando el valor de sus dividendos en función de la inflación y a menudo por encima de esta. Así, en términos reales, la totalidad de la rentabilidad de la bolsa española fue debida a los dividendos. En el caso de la bolsa de Nueva York, el rendimiento por dividendos (3,64% anual) supuso casi dos terceras partes de la rentabilidad real.

Período 1963-2012

Plusvalía real

Rentabilidad real

Bolsa España

-0,72%

4,01%

Bolsa EEUU

2,09%

5,74%

Entonces, si los dividendos son importantes, ¿significa eso que debemos comprar acciones con elevado rendimiento por dividendo? ¿Es rentable una estrategia basada en comprar los valores con mayor rendimiento por dividendo?

¿Es rentable invertir a largo plazo?

La primera cara del asunto

En este artículo exploro si vale la pena invertir en bolsa a largo plazo. Para ello, examino la rentabilidad del índice Dow Jones de la bolsa americana y del índice general de la Bolsa de Madrid en los últimos 50 años (de 1963 a 2012). Aquí no contemplo la posibilidad de estrategia alguna para batir al mercado sino que el inversor obtiene la misma rentabilidad que la del índice. La rentabilidad incluye tanto las plusvalías como los dividendos pero se expresa en términos brutos ya que cada inversor tiene una fiscalidad diferente.

Pero no debemos dejarnos engañar por la rentabilidad nominal, que es la rentabilidad sin tener en cuenta la inflación. Por eso se la llama así, porque de rentabilidad sólo tiene el nombre. Es preferible vivir en un país donde la bolsa da una rentabilidad del 9% anual pero la inflación es del 1% anual que en otro donde ofrece un 18% anual pero la inflación es del 14% anual. En el primer caso ganaríamos la mitad que en el segundo en términos nominales (9% versus 18%) pero el doble en términos reales (8% versus 4%).

En el período indicado, la bolsa española ofreció una rentabilidad media del 11,28% anual pero la inflación promedió un 7,27% anual, de modo que la rentabilidad media real para un residente en España fue de sólo el 4,01% anual.

Veamos si la bolsa de Estados Unidos fue más rentable. En ese período, la rentabilidad del índice Dow Jones fue del 9,83% anual, inferior en casi 1,5 puntos anuales a la española. Sin embargo, la inflación media fue cerca de la mitad de la española, del 4,09% anual. Esto implica que la rentabilidad real para un residente en los Estados Unidos fue del 5,74%, significativamente superior a la de la bolsa española. A continuación resumo estos resultados.

1963-2012

Rentabilidad nominal

Rentabilidad real

Bolsa española

11,28%

4,01%

Bolsa estadounidense

9,83%

5,74%

En conjunto, no parecen cifras demasiado interesantes cuando tenemos en cuenta la rentabilidad real, que es la que verdaderamente importa, ya que la inflación erosiona el valor del dinero y de nuestras ganancias.

La otra cara del asunto

Las medias siempre ocultan realidades dispares. Sabemos que la bolsa evoluciona de manera cíclica a corto plazo pero también muestra el mismo comportamiento a muy largo plazo. En la bolsa de Estados Unidos, en el período 1963-2012 hubo dos grandes ciclos: un largo ciclo bajista de 16 años de duración que se extendió de febrero de 1966 a agosto de 1982 y un largo ciclo alcista de 17 años y medio de agosto de 1982 a enero de 2000. No es que en el primer ciclo la bolsa cayera de forma constante, de hecho hubo algunos períodos muy rentables, sino que la tendencia general fue hacia el estancamiento o el declive. El largo ciclo alcista de 1982-1999 tampoco estuvo exento de desplomes (los más destacados, los de 1987, 1990 y 1998) ni de algunas fases bajistas de duración relativamente breve. Pero la tendencia general fue al alza.

Si examinamos la rentabilidad de la bolsa de Nueva York en ambos ciclos, veremos una diferencia muy notable. En primer lugar, en vez de considerar el período 1963-2012, tomaremos el de 1966-1999 (34 años) porque incluye un largo ciclo bajista y otro alcista de duraciones similares. En dicho período, la rentabilidad media del índice Dow Jones fue del 11,79% anual en términos nominales y del 6,69% anual en términos reales. Pero observemos la diferencia de rentabilidad en ambos ciclos:

Rentabilidad nominal

Rentabilidad real

Ciclos

1966-1981 (bajista)

3,94%

-3,06%

1982-1999 (alcista)

19,08%

15,81%

Período completo

1966-1999

11,79%

6,69%

Nota: En estos cálculos, para el ciclo bajista de febrero de 1965 a agosto de 1982 he utilizado el período de enero de 1966 a diciembre de 1981 mientras que para el ciclo alcista siguiente he tomado el período de diciembre de 1981 a diciembre de 1999, es decir he utilizado períodos con años completos para facilitar el cálculo de los rendimientos por dividendo y de las rentabilidades.

Como se puede observar, es muy diferente invertir en bolsa en el transcurso de un largo ciclo bajista que hacerlo en un largo ciclo alcista. En el primero, la rentabilidad real fue significativamente negativa mientras que en el segundo fue excepcional.

¿Tiene lugar el mismo fenómeno en la bolsa española? Sí, y de un modo más acusado.

En el caso de la bolsa española, me basaré en el período 1973-1999 en vez de en el período 1966-1999 porque en España el mercado de valores subió de manera significativa entre 1966 y 1973 (el valor del índice de Madrid se triplicó en estos años mientras que el Dow Jones bajó un 12%). Aunque la bolsa subió de forma significativa entre 2003 y 2007, la plusvalía media entre 2000 y 2007 fue sólo del 6% anual (del 2% anual en el caso del Dow Jones) debido a la intensa fase bajista que se desarrolló desde febrero de 2000 hasta marzo de 2003. Como después de 2007 tuvo lugar otra fase bajista de calado aún mayor, considero que el largo ciclo alcista que empezó en 1982 concluyó a principios de 2000.

Rentabilidad nominal

Rentabilidad real

Ciclos

1973-1982 (bajista)

-2,83%

-19,59%

1983-1999 (alcista)

25,17%

19,59%

Período completo

1973-1999

13,96%

4,38%

El ciclo bajista fue más breve en la bolsa española (10 años) pero mucho peor que en la bolsa de Estados Unidos. La rentabilidad media fue negativa pero, además, la inflación fue tan alta, del 16,7% anual, que la rentabilidad real fue negativa en casi un 20% anual. El lector se preguntará cómo es eso posible. Tal vez se dirá que si en 10 años la rentabilidad real fue negativa en un 20% anual, al cabo de 5 años un inversor lo habría perdido todo. La cuestión es que para calcular rentabilidades acumuladas no se multiplica por el número de años sino que se eleva al número de años el resultado de sumar la unidad a la rentabilidad anual. Por ejemplo, si la rentabilidad media es negativa en un 20% anual, se suma la unidad a -20% y se obtiene 80% (o 0,80). Esto se eleva a 10 y se obtiene 0,11 (que es lo mismo que 11%). Esto significa que al cabo de 10 años, a un inversor residente en España le hubiera quedado el 11% de su inversión inicial en términos reales, o sea que el poder adquisitivo del dinero que invirtió se hubiera reducido en un 89%.

En cambio, en el largo ciclo alcista de 1983-1999, la rentabilidad fue de nada menos que del 25,17% anual en términos nominales y del 19,59% anual en términos reales. Se trata justo de la cifra inversa que en el período precedente. No se trata de un error, es pura coincidencia.

La combinación de ambos ciclos nos da una rentabilidad real media del 4,38% anual en el período completo de 1973 a 1999. Como decía antes, las medias ocultan situaciones extremas.

Conclusión

Estos resultados nos muestran que la bolsa es rentable a largo plazo en los ciclos alcistas largos pero no lo es en absoluto en los ciclos bajistas largos. En estos últimos resulta conveniente permanecer alejado del mercado o bien seleccionar con mucho cuidado las carteras de valores. En un ciclo alcista largo, en cambio, conviene permanecer en el mismo sin hacer continuas operaciones de entrada y salida, y la selección de carteras es menos imperiosa. Sin embargo, como a un inversor le cuesta saber si está en un ciclo largo bajista o alcista (puesto que en el primero siempre hay fases alcistas intermedias y en el segundo, fases bajistas intermedias), es recomendable que, en el caso de que quiera estar en bolsa de forma permanente, siempre se preocupe de hacer una buena selección de valores.

¿Qué bolsa ha sido más rentable en los últimos años, la alemana, la estadounidense o… la española?

Todo va a depender de a qué nos referimos cuando decimos “en los últimos años”. Así que voy a contestar esta pregunta a partir de tres períodos diferentes: de 2008 a 2012 (5 años), de 2001 a 2012 (12 años) y de 1991 a 2012 (22 años) y voy a examinar la rentabilidad del Dow Jones Industrials de la bolsa de Nueva York, del DAX alemán y del índice general de la Bolsa de Madrid (IGBM) en dichos períodos. El Dow Jones Industrials reúne 30 de las mayores corporaciones de Estados Unidos pero no todas ellas (por ejemplo, Apple no forma parte de este índice) y a pesar de su nombre no sólo incluye empresas industriales sino también de servicios e incluso entidades financieras. El DAX también está compuesto por 30 valores e incorpora las empresas más representativas del mercado alemán. El IGBM contiene un número variable de sociedades, actualmente 112. Para calcular la rentabilidad del Dow Jones he añadido el rendimiento por dividendo. En el caso del índice de la bolsa española, he tomado el indice total de la Bolsa de Madrid, que incorpora los dividendos. El DAX alemán ya lleva incorporado los dividendos, de modo que no ha sido necesario ningún ajuste.

Como se puede suponer, la bolsa española sale claramente perdedora en el primero de estos períodos (2008-2012), que ha estado dominado por dos crisis sucesivas, la financiera (2008-2009) y la del euro (2010-2012), aunque ambas se han desarrollado en realidad de forma parelela.

Bolsa de Madrid -7,28% anual

Bolsa de Francfort -1,15% anual

Bolsa de Nueva York 1,16% anual

Si tomamos un período más amplio, el que va de 2001 a 2012, tenemos los siguientes resultados:

Bolsa de Madrid 4,30% anual

Bolsa de Francfort 1,41% anual

Bolsa de Nueva York 4,49% anual

 Así, en los últimos 12 años, la bolsa americana y la española dieron una rentabilidad similar y superior a la alemana. Esto se debe principalmente a que el DAX tuvo una pérdida acumulada del 55% entre principios de 2001 y finales del 2002 mientras que la bolsa española perdió un 23% en esos dos años y el Dow Jones, un 19,5%.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que en diciembre de 2000, el euro cotizaba a 0,9305 dólares mientras que al cierre de 2012 lo hacía a 1,32 dólares, es decir, el dólar se depreció casi un 30% en este período, lo que supone una caida media del 2,87% anual. De este modo, un inversor residente en España que invirtiera en la bolsa de Nueva York al final de 2000 habría obtenido una rentabilidad media del 4,49% en dólares pero a esto le tendría que haber restado la depreciación del dólar, por lo que su rentabilidad en euros habría sido del 1,62% anual, inferior a la que habría obtenido de invertir en bolsa española.

Si ahora consideramos un período más extenso, de 1991 a 2012 (22 años), obtenemos los siguientes resultados:

 Bolsa de Madrid 10,49% anual

Bolsa de Francfort 8,01% anual

Bolsa de Nueva York 10,58% anual

 De 1991 hasta la adopción del euro, el marco alemán se apreció un 35,8% frente a la peseta española. Esto representa una media del 1,40% anual en todo el período de 22 años, de modo que para un inversor residente en España, la bolsa alemana habría generado una rentabilidad media aproximada del 9,4% anual.

En cuanto al dólar, al final de 1990 valía 103,91 pesetas mientras que al final de 2012 valía 1,32 euros. Puesto que el tipo de cambio entre el euro y la peseta quedó fijado en 166,386 pesetas, al final de 2012 el dólar valía el equivalente de 126,05 pesetas. Es decir, el dólar se apreció un 21,3% en términos equivalentes frente al valor que tenía en España hace 22 años. Esto supone una apreciación media del 0,88% en este período. Así, a la rentabilidad en dólares de la bolsa de Nueva York, que fue del 10,58% anual, habría que sumarle la apreciación del dólar, de modo que la rentabilidad en moneda local para un residente español habría sido del 11,46% anual. En definitiva, entre 1991 y 2012, la bolsa más rentable, de entre las consideradas, para un inversor residente en España habría sido la estadounidense.

Con los números, ¿la primera impresión es la que cuenta?

Imagine que puede elegir entre dos fondos de inversión, el Fondo A y el Fondo B, cada uno de los cuales presenta el siguiente histórico de rentabilidades.

Año

Fondo A

Fondo B

1

20%

7%

2

15%

8%

3

18%

9%

4

-27%

4%

5

30%

11%

6

15%

9%

7

-32%

5%

8

45%

11%

¿Cuál elegiría? El Fondo A suele obtener rentabilidades muy atractivas aunque uno de cuatro años sufre una brusca caída. De todos modos, obtiene resultados excelentes el 75% del tiempo. En cambio, el B tiene rentabilidades más estables pero no parece un fondo en el que se vaya a ganar mucho. Tal vez se preguntará usted si no vale la pena correr un poco de riesgo a cambio de una mayor rentabilidad.

Antes de tomar una decisión basada en la primera impresión que le han causado estos números, puede que se decida usted a examinar la cuestión con mayor sentido crítico. Entonces suma todas las rentabilidades de cada fondo y divide el resultado por ocho (el número de años) para calcular la rentabilidad media de cada fondo. Obtiene que la rentabilidad media del Fondo A es del 10,5% anual mientras que la del Fondo B es del 8% anual. En el caso de que su primera impresión haya sido favorable al Fondo A, su análisis crítico le corroborará que también con los números hay que dejarse guiar por las sensaciones. En el caso de que su primera impresión le hubiera decantado por el Fondo B, se alegrará de haber aplicado su sentido crítico.

Pero podríamos hacer un segundo cálculo para asegurarnos de que tomamos la decisión correcta. Supondremos que al principio del año 1 invertimos 100 euros en cada fondo y veremos en qué cantidad se convierten al cabo de los ocho años en cada uno de ellos. Así, al cabo de un año tendremos 120 euros en el Fondo A y 107 en el Fondo B. Al cabo del segundo, tendremos 120x(1,15) = 138 euros en el Fondo A y 107x(1,08) = 115,56 en el Fondo B y así sucesivamente. Cuando las rentabilidades son negativas, hay que multiplicar por el resultado de sumar esa rentabilidad a la unidad. Por ejemplo, si la rentabilidad es de -10%, habría que multiplicar por 0,90. Presento los resultados en la tabla siguiente (el año 0 significa el principio del año 1 o el momento de efectuar la inversión).

Año

Fondo A

Fondo B

0

100,00

100,00

1

120,00

107,00

2

138,00

115,56

3

162,84

125,96

4

118,87

131,00

5

154,54

145,41

6

177,72

158,50

7

120,85

166,42

8

175,23

184,73

 En la tabla se observa que 100 euros invertidos en el Fondo A se hubieran convertido en 175,23 euros al final del período mientras que se hubieran convertido en 184,73 euros en el Fondo B. Es decir, que en definitiva el Fondo B es más rentable que el Fondo A. ¿Cómo es posible si el Fondo A tiene una rentabilidad media superior?

El caso es que cuando hablamos de rentabilidades no conviene hacer medias simples. Es preciso calcular medias compuestas. En el Fondo B, la media compuesta (el resultado de elevar 1,8473 a 1/10 y luego restar la unidad) es de 7,97% anual, muy similar a la media simple, que es del 8% anual. En cambio, la rentabilidad media compuesta del Fondo A es del 7,24% mientras que su media simple es del 10,50%. Esta disparidad se debe a que el Fondo A contiene dos años de rentabilidades negativas elevadas.

Si yo gano un 10% en un año y al año siguiente gano otro 10%, está claro que mi rentabilidad media habrá sido del 10% anual, tanto en cálculo simple como compuesto. Pero si un año gano un 25% y al año siguiente pierdo un 25%, la media aritmética es de cero. Sin embargo, al cabo de esos dos años no me habré quedado igual sino que tendré un 6,25% menos. Esto es fácil de ver si hacemos 125 x 0,75 = 93,75. Por eso, la verdadera media de 25% y -25% no es 0% sino que es menor que cero. Esto es lo que explica la disparidad entre la rentabilidad media simple del Fondo A y su verdadera rentabilidad, que viene medida por la cantidad de euros que tendremos al final.

Las causas de la mala suerte en la bolsa

Hay tres maneras de invertir en bolsa. La primera es estar presente durante los ciclos alcistas y permanecer fuera durante esas largas crisis que afectan al mercado de modo recurrente más o menos cada siete años. Este tema lo traté en mi libro Un náufrago en la Bolsa. Por eso lo llamo el «método del náufrago».

La segunda manera, la más frecuente, consiste en entrar en los últimos compases de un ciclo alcista y salir poco antes del final del ciclo bajista. Es «el método de la mala suerte». Este “método” se pone en práctica cuando se carece de una filosofía de inversión. Se trata de aprovechar el momento, la circunstancia. No hay unos principios, unos valores, sino una postura oportunista. En este sentido podemos decir que la suerte, buena o mala, no es producto del azar sino de una forma de hacer las cosas.

La tercera forma de invertir en bolsa es tener siempre acciones y no preocuparse de los ciclos. Muchos inversores que siguen este método hacen justo lo contrario de los que siguen los dos métodos anteriores: aprovechan para compran todavía más cantidad de sus acciones favoritas durante los ciclos bajistas. Este tipo de inversor piensa: qué suerte, puedo comprarlas aún más baratas. Él también está perdiendo dinero con su cartera pero en vez de fijarse en el valor actual de la misma, pone su atención en el valor que esta tendrá en el futuro.

Si la bolsa baja, uno puede lamentarse de las pérdidas o puede alegrarse de poder comprar a mejor precio. El que se lamenta corre el riesgo de vender y no recuperar sus pérdidas. Así, la suerte también depende de la manera cómo vemos las cosas.

Sin embargo, hay otra causa de mala suerte en la bolsa que no se puede atribuir a nuestra manera de hacer o ver las cosas sino a la aplicación de criterios de inversión que se supone que deberían dar buenos resultados pero no los dan.