¿Qué bolsa ha sido más rentable en los últimos años, la alemana, la estadounidense o… la española?

Todo va a depender de a qué nos referimos cuando decimos “en los últimos años”. Así que voy a contestar esta pregunta a partir de tres períodos diferentes: de 2008 a 2012 (5 años), de 2001 a 2012 (12 años) y de 1991 a 2012 (22 años) y voy a examinar la rentabilidad del Dow Jones Industrials de la bolsa de Nueva York, del DAX alemán y del índice general de la Bolsa de Madrid (IGBM) en dichos períodos. El Dow Jones Industrials reúne 30 de las mayores corporaciones de Estados Unidos pero no todas ellas (por ejemplo, Apple no forma parte de este índice) y a pesar de su nombre no sólo incluye empresas industriales sino también de servicios e incluso entidades financieras. El DAX también está compuesto por 30 valores e incorpora las empresas más representativas del mercado alemán. El IGBM contiene un número variable de sociedades, actualmente 112. Para calcular la rentabilidad del Dow Jones he añadido el rendimiento por dividendo. En el caso del índice de la bolsa española, he tomado el indice total de la Bolsa de Madrid, que incorpora los dividendos. El DAX alemán ya lleva incorporado los dividendos, de modo que no ha sido necesario ningún ajuste.

Como se puede suponer, la bolsa española sale claramente perdedora en el primero de estos períodos (2008-2012), que ha estado dominado por dos crisis sucesivas, la financiera (2008-2009) y la del euro (2010-2012), aunque ambas se han desarrollado en realidad de forma parelela.

Bolsa de Madrid -7,28% anual

Bolsa de Francfort -1,15% anual

Bolsa de Nueva York 1,16% anual

Si tomamos un período más amplio, el que va de 2001 a 2012, tenemos los siguientes resultados:

Bolsa de Madrid 4,30% anual

Bolsa de Francfort 1,41% anual

Bolsa de Nueva York 4,49% anual

 Así, en los últimos 12 años, la bolsa americana y la española dieron una rentabilidad similar y superior a la alemana. Esto se debe principalmente a que el DAX tuvo una pérdida acumulada del 55% entre principios de 2001 y finales del 2002 mientras que la bolsa española perdió un 23% en esos dos años y el Dow Jones, un 19,5%.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que en diciembre de 2000, el euro cotizaba a 0,9305 dólares mientras que al cierre de 2012 lo hacía a 1,32 dólares, es decir, el dólar se depreció casi un 30% en este período, lo que supone una caida media del 2,87% anual. De este modo, un inversor residente en España que invirtiera en la bolsa de Nueva York al final de 2000 habría obtenido una rentabilidad media del 4,49% en dólares pero a esto le tendría que haber restado la depreciación del dólar, por lo que su rentabilidad en euros habría sido del 1,62% anual, inferior a la que habría obtenido de invertir en bolsa española.

Si ahora consideramos un período más extenso, de 1991 a 2012 (22 años), obtenemos los siguientes resultados:

 Bolsa de Madrid 10,49% anual

Bolsa de Francfort 8,01% anual

Bolsa de Nueva York 10,58% anual

 De 1991 hasta la adopción del euro, el marco alemán se apreció un 35,8% frente a la peseta española. Esto representa una media del 1,40% anual en todo el período de 22 años, de modo que para un inversor residente en España, la bolsa alemana habría generado una rentabilidad media aproximada del 9,4% anual.

En cuanto al dólar, al final de 1990 valía 103,91 pesetas mientras que al final de 2012 valía 1,32 euros. Puesto que el tipo de cambio entre el euro y la peseta quedó fijado en 166,386 pesetas, al final de 2012 el dólar valía el equivalente de 126,05 pesetas. Es decir, el dólar se apreció un 21,3% en términos equivalentes frente al valor que tenía en España hace 22 años. Esto supone una apreciación media del 0,88% en este período. Así, a la rentabilidad en dólares de la bolsa de Nueva York, que fue del 10,58% anual, habría que sumarle la apreciación del dólar, de modo que la rentabilidad en moneda local para un residente español habría sido del 11,46% anual. En definitiva, entre 1991 y 2012, la bolsa más rentable, de entre las consideradas, para un inversor residente en España habría sido la estadounidense.

Con los números, ¿la primera impresión es la que cuenta?

Imagine que puede elegir entre dos fondos de inversión, el Fondo A y el Fondo B, cada uno de los cuales presenta el siguiente histórico de rentabilidades.

Año

Fondo A

Fondo B

1

20%

7%

2

15%

8%

3

18%

9%

4

-27%

4%

5

30%

11%

6

15%

9%

7

-32%

5%

8

45%

11%

¿Cuál elegiría? El Fondo A suele obtener rentabilidades muy atractivas aunque uno de cuatro años sufre una brusca caída. De todos modos, obtiene resultados excelentes el 75% del tiempo. En cambio, el B tiene rentabilidades más estables pero no parece un fondo en el que se vaya a ganar mucho. Tal vez se preguntará usted si no vale la pena correr un poco de riesgo a cambio de una mayor rentabilidad.

Antes de tomar una decisión basada en la primera impresión que le han causado estos números, puede que se decida usted a examinar la cuestión con mayor sentido crítico. Entonces suma todas las rentabilidades de cada fondo y divide el resultado por ocho (el número de años) para calcular la rentabilidad media de cada fondo. Obtiene que la rentabilidad media del Fondo A es del 10,5% anual mientras que la del Fondo B es del 8% anual. En el caso de que su primera impresión haya sido favorable al Fondo A, su análisis crítico le corroborará que también con los números hay que dejarse guiar por las sensaciones. En el caso de que su primera impresión le hubiera decantado por el Fondo B, se alegrará de haber aplicado su sentido crítico.

Pero podríamos hacer un segundo cálculo para asegurarnos de que tomamos la decisión correcta. Supondremos que al principio del año 1 invertimos 100 euros en cada fondo y veremos en qué cantidad se convierten al cabo de los ocho años en cada uno de ellos. Así, al cabo de un año tendremos 120 euros en el Fondo A y 107 en el Fondo B. Al cabo del segundo, tendremos 120x(1,15) = 138 euros en el Fondo A y 107x(1,08) = 115,56 en el Fondo B y así sucesivamente. Cuando las rentabilidades son negativas, hay que multiplicar por el resultado de sumar esa rentabilidad a la unidad. Por ejemplo, si la rentabilidad es de -10%, habría que multiplicar por 0,90. Presento los resultados en la tabla siguiente (el año 0 significa el principio del año 1 o el momento de efectuar la inversión).

Año

Fondo A

Fondo B

0

100,00

100,00

1

120,00

107,00

2

138,00

115,56

3

162,84

125,96

4

118,87

131,00

5

154,54

145,41

6

177,72

158,50

7

120,85

166,42

8

175,23

184,73

 En la tabla se observa que 100 euros invertidos en el Fondo A se hubieran convertido en 175,23 euros al final del período mientras que se hubieran convertido en 184,73 euros en el Fondo B. Es decir, que en definitiva el Fondo B es más rentable que el Fondo A. ¿Cómo es posible si el Fondo A tiene una rentabilidad media superior?

El caso es que cuando hablamos de rentabilidades no conviene hacer medias simples. Es preciso calcular medias compuestas. En el Fondo B, la media compuesta (el resultado de elevar 1,8473 a 1/10 y luego restar la unidad) es de 7,97% anual, muy similar a la media simple, que es del 8% anual. En cambio, la rentabilidad media compuesta del Fondo A es del 7,24% mientras que su media simple es del 10,50%. Esta disparidad se debe a que el Fondo A contiene dos años de rentabilidades negativas elevadas.

Si yo gano un 10% en un año y al año siguiente gano otro 10%, está claro que mi rentabilidad media habrá sido del 10% anual, tanto en cálculo simple como compuesto. Pero si un año gano un 25% y al año siguiente pierdo un 25%, la media aritmética es de cero. Sin embargo, al cabo de esos dos años no me habré quedado igual sino que tendré un 6,25% menos. Esto es fácil de ver si hacemos 125 x 0,75 = 93,75. Por eso, la verdadera media de 25% y -25% no es 0% sino que es menor que cero. Esto es lo que explica la disparidad entre la rentabilidad media simple del Fondo A y su verdadera rentabilidad, que viene medida por la cantidad de euros que tendremos al final.

Las causas de la mala suerte en la bolsa

Hay tres maneras de invertir en bolsa. La primera es estar presente durante los ciclos alcistas y permanecer fuera durante esas largas crisis que afectan al mercado de modo recurrente más o menos cada siete años. Este tema lo traté en mi libro Un náufrago en la Bolsa. Por eso lo llamo el «método del náufrago».

La segunda manera, la más frecuente, consiste en entrar en los últimos compases de un ciclo alcista y salir poco antes del final del ciclo bajista. Es «el método de la mala suerte». Este “método” se pone en práctica cuando se carece de una filosofía de inversión. Se trata de aprovechar el momento, la circunstancia. No hay unos principios, unos valores, sino una postura oportunista. En este sentido podemos decir que la suerte, buena o mala, no es producto del azar sino de una forma de hacer las cosas.

La tercera forma de invertir en bolsa es tener siempre acciones y no preocuparse de los ciclos. Muchos inversores que siguen este método hacen justo lo contrario de los que siguen los dos métodos anteriores: aprovechan para compran todavía más cantidad de sus acciones favoritas durante los ciclos bajistas. Este tipo de inversor piensa: qué suerte, puedo comprarlas aún más baratas. Él también está perdiendo dinero con su cartera pero en vez de fijarse en el valor actual de la misma, pone su atención en el valor que esta tendrá en el futuro.

Si la bolsa baja, uno puede lamentarse de las pérdidas o puede alegrarse de poder comprar a mejor precio. El que se lamenta corre el riesgo de vender y no recuperar sus pérdidas. Así, la suerte también depende de la manera cómo vemos las cosas.

Sin embargo, hay otra causa de mala suerte en la bolsa que no se puede atribuir a nuestra manera de hacer o ver las cosas sino a la aplicación de criterios de inversión que se supone que deberían dar buenos resultados pero no los dan.