¿Por qué Galbraith estaba 100% seguro del crac de 1987 diez meses antes?

Acaban de cumplirse 30 años del crac del 19 de octubre de 1987, día en que el índice Dow Jones de la bolsa de Nueva York perdió un 22,6%.

En enero de aquel año, John Kenneth Galbraith publicó un artículo en la revista The Atlantic Monthly en el que daba por seguro que el desplome tendría lugar en algún momento. Utilizó expresiones como “esto ocurrirá“, “llegará la hora“ o “entre los que más sufrirán estarán aquellos que se toman las advertencias actuales con el mayor de los desprecios.“

John Kenneth Galbraith, 1908-2006
Después del crac de 1987 se han dado muchas explicaciones: la subida de los tipos de interés a largo plazo del 7% en enero al 10% en septiembre, el incremento por parte de la Reserva Federal del tipo de interés a corto plazo del 6,75% al 7,25%, el abultado déficit público acumulado durante el mandato del presidente Ronald Reagan o la inquietud que causó entre los inversores una caída del índice Dow Jones del 10% a principios de octubre. También se han citado tensiones geopolíticas o el efecto acelerador de la recién estrenada tecnología que permitió conectar el mercado de acciones con el mercado de derivados de Chicago. Sin embargo, la mayoría de esos elementos no estaban presentes cuando Galbraith hizo su pronóstico. Su efecto combinado pudo actuar como detonante, pero no fueron las causas del desplome.

Entonces, ¿por qué Galbraith se mostró tan convencido de que la caída era irremediable diez meses antes de que se produjera?

El economista había estudiado a fondo el crac de la bolsa de Nueva York de 1929, por lo que conocía bien los mecanismos que conducían a un desplome endógeno (no causado por factores externos) del mercado de valores. Fruto de su trabajo fue el libro El crac de 1929, publicado en 1954.

Galbraith empezó su artículo recordando que en 1929 el banquero Paul M. Warburg ya advirtió en su momento que la “especulación desenfrenada“ llevaría a un colapso desastroso. A continuación estableció varios paralelismos con lo ocurrido aquel año.

Galbraith describió la “dinámica de la especulación“. En la fase previa a esa dinámica, la fuerza motriz para invertir en bolsa tiene que ver con la percepción del valor de las acciones en base a elementos subyacentes, como el crecimiento económico, el aumento de los beneficios y de los dividendos, la reducción de la inflación, una bajada de impuestos, un gobierno favorable a las empresas, etc.

Cuando las acciones suben de precio debido a circunstancias favorables como las descritas, se entra en una nueva fase en la que llegan al mercado inversores atraídos por el incremento de precios y que desconocen los elementos que subyacen a la subida o que esperan bajarse del tren antes de que este descarrile.

Los nuevos participantes dan fuelle al mercado, lo que a su vez atrae a otros. La continuación de esta fase requiere la llegada continua de nuevos inversores, pero el número de posibles participantes en un mercado es finito. Es algo muy similar a lo que ocurre con las estafas piramidales, aunque en este caso no hay nadie que organice el esquema.

Cuando la causa del aumento de los precios es el propio aumento de los precios, el mercado se vuelve muy inestable porque cualquier detonante produce la misma dinámica pero en sentido contrario: cuando los precios empiezan a bajar, los precios siguen bajando porque bajan, independientemente del valor intrínseco de las acciones.

Galbraith destacó otro paralelismo con 1929: el exceso de confianza en una subida ilimitada del mercado estaba fomentando un abuso de las compras de acciones a crédito. Cuando empezaran las caídas, los inversores más endeudados se verían obligados a vender para cortar pérdidas, lo cual reforzaría la dinámica inversa de la especulación, tal como ocurrió.

En el momento de escribir su artículo, el economista canadiense contaba con casi 80 años, circunstancia que sus críticos aprovecharon para tildarle de decrépito. Pero entre los que más sufrieron el desplome estuvieron, en efecto, aquellos que se tomaron sus advertencias a la ligera.

En España, el índice general de la Bolsa de Madrid (todavía no existía el IBEX 35, que fue creado en 1992) había caído un 6% en las dos semanas previas al crac de Nueva York, síntoma de que ya había cierta inquietud. El día en que el Dow Jones se desplomó, la caída del índice español fue solo del 1,6% debido a la diferencia horaria. El día siguiente, la pérdida fue de un 5,9% porque la bolsa de Nueva York se recuperó. Sin embargo, la caída se prolongó en los días siguientes y acabó siendo del 31,1% entre el 19 y el 29 de octubre. Luego hubo una recuperación del 13,2% hasta el 3 de noviembre y una nueva recaída del 16,2% hasta el 4 de diciembre. En total, desde el máximo histórico que se había alcanzado el 6 de octubre hasta el mínimo del 4 de diciembre, la pérdida fue del 38,7%. A continuación el mercado subió hasta septiembre de 1989, cuando empezaría un mercado bajista, precisamente el primero de los nueve ciclos que analizo en la segunda de las Monografías Invesgrama, Mercados bajistas: cómo detectarlos, cuándo vender y cuándo comprar.

La economía del fraude inocente, el último libro de John Kenneth Galbraith

 

La Reserva Federal, un “fraude inocente“

John Kenneth Galbraith
John Kenneth Galbraith (1908-2006)

Cuando los miembros de la Reserva Federal, el banco central de los Estados Unidos, se reúnen para tomar una decisión sobre los tipos de interés del dólar, es frecuente leer en los medios titulares como los siguientes:

El mundo, pendiente de la Reserva Federal

La economía mundial, pendiente de la decisión de la Reserva Federal

La Reserva Federal mantiene en vilo a los mercados.

Para el economista John Kenneth Galbraith, este respeto reverencial por dicha institución se basa en una creencia inocente en el poder de los bancos y de los banqueros y en la ilusión de que la circulación del dinero de toda una nación, e incluso del mundo entero, responde mágicamente a las decisiones tomadas por un puñado de personas. Al mismo tiempo, Galbraith sostenía que las decisiones de la Reserva Federal son totalmente ineficaces, de modo que la institución en sí misma es un fraude.

John Kenneth Galbraith fue un prestigioso economista estadounidense de origen canadiense que murió en 2006 a la edad de 97 años. Profesor de Princeton y Harvard y autor de numerosos e influyentes libros, es particularmente conocido por su obra El crac del 29. En enero de 1987, cuando contaba con 78 años, publicó un artículo avisando de una caída segura, inevitable y estrepitosa del mercado de valores, que efectivamente tuvo lugar en octubre del mismo año. Su última obra fue La economía del fraude inocente, escrita en 2003 y publicada en 2004, en la que expuso que la economía capitalista era básicamente un fraude sostenido por una sabiduría convencional cuya elegancia, prestigio y apariencia de verosimilitud la hacía inocentemente creíble. En concreto, consideraba la Reserva Federal “la forma de fraude más prestigiosa“.

Reserva Federal
Reserva Federal

Según se nos ha hecho creer, cuando bajan los tipos de interés en medio de una recesión, las empresas se animan a invertir y los consumidores piden más préstamos para comprar cosas, lo cual hace que la economía se recupere. Por otro lado, cuando hay riesgo de inflación y de crecimiento desequilibrado, una subida del tipo de interés actúa como freno sobre la inversión y los precios. Galbraith creía que estas relaciones de causa-efecto eran propias de un cuento de hadas: “este proceso tan verosímil solo existe en el mundo de las creencias económicas y no en la vida real“.

La realidad de los hechos, según el economista, es que las empresas solicitan crédito para invertir cuando pueden ganar dinero, no cuando los tipos de interés son bajos, que siguen solicitando crédito cuando los tipos de interés son altos mientras tengan expectativas de generar beneficios en el futuro y que por muy bajo que esté el precio del dinero no invertirán si no tienen perspectivas de rentabilizar sus inversiones. Por parte de los consumidores, una reducción del tipo de interés no incentiva el consumo tal como mantiene la sabiduría convencional. A lo sumo sirve para refinanciar hipotecas. Las malas perspectivas y el temor a perder el empleo motivan a la gente a ahorrar, incluso aunque tengan que pagar menos por su hipoteca.

galbraith-libro-2004Galbraith sostenía que la economía es “dolorosamente indiferente“ al tipo de interés y que lo relevante eran las expectativas de beneficios en el caso de las empresas y las perspectivas de futuro en el caso de los consumidores. Con el tiempo, la situación económica mejora tras una serie de ajustes, como la caída del precio de los activos y de los salarios, aunque dejando un reguero de quiebras, ruinas y pérdidas de empleo, pero inocentemente atribuimos el mérito a las acciones de una institución que se publicita a sí misma como el gran mecanismo de estabilización económica.

Como prueba de sus argumentos, Galbraith señaló que el historial de la Reserva Federal en su lucha contra la inflación y la recesión era “intrascendente“. Por ejemplo, después de la primera guerra mundial los precios se duplicaron y la institución no pudo hacer nada. No logró frenar la especulación financiera de los años 1920 ni consiguió reanimar la economía tras la recesión y posterior depresión económica. En el momento de escribir su libro, Galbraith observó que tras una docena de reducciones del tipo de interés la economía estadounidense seguía sin recuperarse.

Galbraith concluye que la idea de que algo tan complejo como el uso del dinero pueda ser manejado desde un edificio de Washington D.C. por gente preparada, independiente del poder político y que toma sus decisiones bajo los retratos de gente ilustre, es un “fraude elegante“, ante el cual tal vez solo nos queda aceptar y perdonar.